lunes, 25 de noviembre de 2019

Efectos personales






A manera de Nivola 

por José León Sánchez

Escribir alrededor de una obra de un hermano escritor no es fácil; a veces se nos enreda el alma.  Cuando Faustino ubicó la primera página de su novela cerca de las teclas de la máquina de escribir, de seguro ni por asomo, tenía en la mente el consejo de don Miguel de Unamuno, Rector en la universidad de Salamanca. Esa mañana, al asomarse a la entrada de esa casa madre de la sabiduría, observó que ingresaba un hombre.

En ese instante sintió, cayó en la cuenta de que ese que  le venía a buscar a la rectoría, era un personaje de novela; y más, de  una novela que él no deseaba escribir. Es la forma en que don Miguel de Unamuno inicia el encuentro en la novela Niebla.

Faustino al igual que don Miguel, está condenado a la desgracia de escribir esta novela.  ¿Acaso escribir una novela constituye una desgracia para su autor como escribe Unamuno?

Este libro es la historia de un niño que colecciona  cosas y sueños. Era Tony Fernández un niño coleccionista, en la misma forma en que el autor de Platero y yo coleccionaba mariposas.

Este niño, Faustino, no era en sí un coleccionista de chuncherejos; sin saber el destino que la vida le deparaba, coleccionaba parte de su propio corazón. Vida de su vida.

Es aquí donde Faustino se adentra en las páginas de una novela, es de recordar (nos lo dice Mark Twain, describiendo los grandes ríos sureños, donde él pasaría apresado como un alga) que Faustino es un Séneca de una modesta República, que posee lo mismo que algunas grandes naciones; solo que a estas últimas les fue necesario derramar ríos de sangre.

Las islas griegas perdieron parte de su estirpe para poseer el mar. Faustino habita en una nación tan pequeña como el grano de un frijol colorado en la conciencia de las naciones, sin embargo, es dueña de dos mares seleccionados por la ira de Dios.  ¡Lástima que a sus nacionales no les importa nada! Nada de nada.

Faustino hurga en el alma humana para darnos una novela.

Su libro está henchido de lugares comunes, que su personaje ― el niño de la novela―, no ha de olvidar jamás.

He aquí el libro que Faustino jamás soñó en escribir: “Efectos personales”.

Un mal título para una buena novela. Faustino nos da una vida (suya, mía, tuya) sin pensar lo que está narrando.

Este creador literario se empeña en hacer que una verdad renazca en nuestro pensamiento y encuentre cobijo al lado del corazón.

¡Ah!, es que también es un requerimiento analizar cómo escribieron sus obras Carlos Luis Fallas y Eunice Odio. En la misma forma este escritor Desinach, nos da un ejemplo de luz entre sus páginas hasta dejarnos como Unamuno un libro no deseado, empero, tenaz, bello, peligroso y con un sabor de sal de azúcar. ¿Es que existe la palabra “saldeazúcar”?

Faustino nos dice que sí… y si él lo dice pues nada,  hay que orientar nuestra carta por tal sendero.

Cada escritor es un sabio fracasado. Todos, y no existe uno que no lo sea así.
Una novela bella, angustiosa, un tanto mefistofélica y de esas entre cuyas páginas no importan los recursos del escritor. Se justifican los medios, pues ya ha nacido una novela.
Una novela para reír cuando el escritor ríe, para llorar cuando el escritor llora, o todo junto. Excepto la indiferencia.

Faustino, para escribir esta novela, ha tenido por fuerza que hacer un tornado a su vida de niño, de joven, de casi viejo.

Escribir que es el único oficio que el artista se ve obligado a vivir.

Hemos terminado de leer el libro de Faustino. Es Unamuno desde los ventanales de la rectoría en la Universidad de Granada quien nos hace la referencia, el dolor de miel y sal al escribir un libro. Puede que sí.

No hemos tenido culpa al leerlo. Los efectos personales son cosas que seguirá viviendo su autor, Faustino Desinach.


Por: José León Sánchez, escritor.
Sobre la novela Efectos personales
Del autor: Faustino Desinach

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