lunes, 25 de noviembre de 2019

Lectores y amigos




 


La palabra SEVICIA  significa crueldad extrema y con ese término se defiende  el idioma para informar a los ciudadanos, acerca de los crímenes y otros sucesos que acontecen en nuestros barrios y ciudades; sin embargo, los periodistas no usan esa acepción,  aunque las escenas que narran están cargadas de horror.

Existe un peldaño superior a la sevicia: la agresión sexual; lo que podríamos clasificar como “sevicia sexual”. Ya el divino marqués de Sade se había ocupado de estas prácticas y los sicólogos lo encumbraron a la gloria de pionero de la disciplina, al lado del magnífico Sigmund Freud.


       



      
    


Entre Sade y Freud explican más la conducta humana que cualquier academia en pleno, con énfasis en el comportamiento sexual de la raza humana y sus desviaciones.

Al hablar de desviaciones hay que tomar en cuenta los valores morales, religiosos y familiares de cada sociedad, pues lo que puede ser aceptado en África bien podría llegar a ser reprobable en Europa o en América.

A pesar de esas singularidades culturales, esos dos tipos – Sade y Freud – aportaron al conocimiento del ser humano algunas cosas invaluables.

Tan solo los escritores se acercan a estos monstruos de la conducta humana, porque el escritor trabaja con la imaginación y con ella puede llegar hasta los confines de lo posible y lo imposible. No en vano, Sade y Freud también escribieron mucho.



   

Cuando un escritor como Faustino Desinach elabora una novela llamada “Perversos”, está trabajando a lomos de lo que Sade y Freud escribieron tiempo atrás; no obstante, existe un filón literario aún más comprometido con el legado del francés y del austriaco: la ficción de la  perversidad sexual.

Quien se haya informado acerca de este tópico, sabe que la actividad sexual ejercida en la infancia pervive para siempre y actuará sobre la conducta sexual del adulto; además, cuando esa actividad sexual es perversa, las consecuencias son prácticamente incalculables y de ahí resultan los agresores, violadores, psicópatas y asesinos de toda laya.


   






Cualquier analista o crítico literario sabe que cuando el escritor se adentra en este terreno, está pisando el territorio más complejo de la naturaleza humana y conforme a ello, debe medir sus pasos con suma cautela, comenzando por el uso del lenguaje, el cual debe apegarse al tema con la crudeza que exige el desarrollo de los acontecimientos.

Flaubert trató la fogosidad sexual de Madame Bovary  con suma elegancia; siglo y medio después ese vocabulario está totalmente superado.

Desinach utiliza un lenguaje descarnado, como descarnada es la realidad que viven sus personajes, envueltos en las agresiones más brutales.

Es posible que muchos lectores estén en desacuerdo con el lenguaje directo de novelas como Perversos, pero lo que nunca será reprobable será la honestidad del escritor, quien apuesta por la coherencia entre los hechos y el lenguaje.



            




   


El subterráneo vivencial de los individuos.

Todo ser humano lleva consigo un mundo subterráneo que se niega a revelar; esa es la materia prima de la literatura y a la vez, la piedra filosofal de los sicólogos; es decir, la zona fundamental que explica el comportamiento de los hombres y las mujeres.

Hurgar en esa “ciénaga”  es la labor del amanuense que busca la explicación de nuestros actos más auténticos.

Las personas que se jactan de poseer una existencia novelable deben estar pensando en su subterráneo vivencial, ya que solo unos cuantos están llamados a ser héroes, mártires, genios o descubridores.

Quizás en la mayor parte de los seres humanos, solo su subterráneo vivencial tiene valor literario; el resto es monotonía y sumatoria de tiempo sobre tiempo.

Faustino se ha colado en las aguas negras de varios personajes: Julio César, Raquel, el fiscal y su amante, el sacerdote, la madre y la tía de los primeros y hasta el mismo autor se revela en fragmentos de cada uno de ellos.

El coraje del autor es admirable puesto a prueba ante un argumento duro y exigente.



       


Puro realismo sucio.

El marqués de Sade creó una escuela literaria que no es estilo, es crudeza y sinceridad; Freud – para mi gusto – es más interesante como escritor de ficciones que como sicólogo.

Sade  fue vasto en la descripción de sus aficiones sexuales; Freud  especuló con temas inéditos como la sexualidad de los niños y el deseo carnal por la madre.

Los dos exploraron asuntos espinosos e inéditos y el tiempo los consagró como pioneros en la comprensión de la materia más oscura  de sus congéneres.

Los novelistas que se aventuran en los derroteros que iniciaron Sade y Freud saben que aún en los tiempos que corren, se verán ante duros problemas antes de ser comprendidos y aceptados, mucho menos esperar reconocimientos.

Los escritores como Faustino Desinach carecen de autocrítica moral, lo que en otros autores significa autocensura y limitación de la libertad creadora y en ese proceso, es necesaria una cuota extraordinaria de coraje.


Eso se percibe en la novela Perversos.

Al escribir esto me siento relevado de afirmar que la obra es buena o mala, recomendable o espernible, moralista o depravada, culta o popular. Lo que sí cabe decir es que es saludable  leer novelas originales que se salen de la norma, del promedio, y se deslizan por la cuerda floja que la mayoría se empeña en evadir.

Es importante rescatar un hecho fundamental de la novela Perversos: al menos uno de sus personajes se salva a pesar de la sevicia sexual que sufrió en su niñez: Raquel.

Este hermafrodita trasciende la problemática, elige un destino superior, invierte voluntad y recursos en  sus objetivos y se lanza a la conquista de un futuro mejor.

Triunfa por su temple y limpia su horroroso pasado, lo cual contiene una altísima dosis de calidad en el mensaje literario.

Solo por esto la novela ya es digna de leer.

Dentro del entramado general de la novela, existe la sevicia sexual como telón de fondo; al lector le corresponde hacer el trabajo de disección, para rescatar lo positivo entre el pavor que rodea a todos los hombres.

Mario Zaldívar
13 diciembre 2015.



 





 



  

No hay comentarios:

Publicar un comentario